El Barranco el Almirez

En la sierra hay otro barranco que tiene también un nombre curioso, “El Barranco el Almirez”, y, ¿Por qué este nombre? Pues cuando hice esa pregunta me contaron la siguiente historia.

Después de que El Zagal entregara Guadix y Almería a las tropas de los Reyes Católicos, sus pobladores tenían dos opciones:

  1. Quedarse en la ciudad bajo las leyes y costumbres cristianas teniendo que convertirse más temprano que tarde  en Mudéjares.
  2. O marcharse a otras ciudades donde aún continuasen vigentes sus leyes, costumbres y religión.
Los que se marchaban, (sobre todo los más pudientes) podían escoger entre dos rutas:

  • La primera: viajar hasta la ciudad de Granada donde aún reinaba Boabdil.
  • La segunda: más larga, peligrosa e insegura pues su objetivo final era el de llegar al norte de África. Donde podrían vivir tranquilos, lejos ya de la guerra.

Aquellos que se decidían por la segunda opción, primero debían cruzar la sierra, llegar a las Alpujarras y posteriormente dirigirse a los puertos de Motril o Almuñécar y desde allí embarcar dirección al norte de África. Para alcanzar esta meta también se utilizaban dos rutas diferentes: Una, ir hasta la Calahorra, cruzar la sierra por el puerto La Ragua y llegar hasta Trevélez. Otra, ir hasta Lugros, subir a la parte más alta de la sierra, cruzarla por el Puntal de Juntillas y llegar hasta Trevélez.

El protagonista de este relato fue uno de los muchos viajeros que escogieron este último camino para hacer la travesía. Como todos los que se marchaban de la ciudad, con ellos llevaban (bien escondidas) sus pertenencias más valiosas (oro, plata, joyas,…)que entre otras cosas les permitirían pagar el pasaje en Motril y comenzar una nueva vida en otro lugar.

Nuestro hombre, entre otras cosas de valor, llevaba uno o más vasos de oro macizo adornados con piedras preciosas, pero quizá por las prisas o por simple negligencia no los había escondido lo suficientemente bien. En uno de los descansos que se hacían en el camino "pasado ya el pueblo de Lugros y antes de comenzar la cuesta de los picones" un integrante del grupo, (más curioso que los demás) vislumbró el tesoro que este hombre llevaba e intentó sonsacarle información sobre los objetos que escondía en su saco. Éste le contestó que se trataba de un simple almirez y otros utensilios de cocina que habían pertenecido a su familia durante generaciones, sin otro valor que el sentimental. Pero como a pesar de la respuesta un par de aquellos hombres aún seguían insistiendo en que se los dejase ver, les dio diversas escusas para salir del paso y sin comentarlo con nadie, aprovechó un momento en que todos estaban distraídos sin que nadie prestase atención a lo que él hacía para separarse del grupo y esconderse entre unos matorrales, "ya no se sentía seguro entre ellos".

Cuando alguien notó su ausencia en el grupo, dio el aviso y todos comenzaron a buscarle. Desde su escondite veía como intentaban localizarlo por los alrededores, oía las voces que le llamaban con insistencia e incluso pudo ver cómo alguno de ellos deshacía parte del camino para encontrarlo, pero no contestó, permaneció inmóvil sin hacer el más mínimo ruido, muy, muy quieto, para que nadie pudiese encontrarle. Después de un buen rato, el grupo dio por finalizada la búsqueda y prosiguieron su camino hasta que poco a poco desaparecieron de su vista. Por su parte, él también se puso en marcha pero en dirección este, y lo hizo hasta que encontró otro barranco que también subía a la sierra. El barranco era lo suficientemente grande y estaba lo suficientemente alejado del otro camino que era totalmente imposible que pudiesen verlo.

Inició pues su andadura barranco arriba y tras caminar un buen rato se sentó a descansar, mientras lo hacía, reflexionó sobre todo lo sucedido y comprobó que seguía desconfiando de aquellos hombres, pero además, ahora que iba solo, también desconfiaría de cualquiera que pudiese encontrar en el camino. Así que después de pensarlo y repensarlo un buen rato, decidió que lo mejor sería buscar un lugar seguro para esconder su tesoro y volver a recogerlo cuando las circunstancias fuesen más propicias. Siguió caminando barranco arriba hasta que encontró un lugar que le pareció perfecto para sus intereses. No se sabe si el lugar donde escondió su tesoro era una pequeña cueva, un hueco entre unas rocas o si simplemente lo enterró cerca del tronco de un árbol, sólo, que en conjunto, el lugar, le recordaba la forma de un almirez. Después de eso, el hombre continuó su camino, pero ya no pudo marcharse a África, no tenía dinero para hacerlo y se quedó en las Alpujarras viviendo con los moriscos.

Ya anciano y poco antes de morir, el hombre llamó al mayor de sus hijos y le dijo "Si algún día quieres abandonar esta tierra o simplemente tener un futuro mejor, puedes ir a la sierra de Lugros y allí, buscar un tesoro escondido que no logré traer en el momento de la huida de Guadix". Le explicó de la forma más detallada posible lo que recordaba del viaje, el recorrido que hizo y la localización del tesoro en el escondite del barranco.

El hijo deshizo el camino que su padre había hecho muchos años antes. Bajó el barranco, llegó al pueblo, volvió a subir, y a bajar, buscar y rebuscar, para volver a comenzar sin obtener el resultado esperado. Cuando la gente del pueblo se cruzaba con él y le preguntaba: ¿A dónde vas? o ¿De dónde vienes? La respuesta según el caso era: “Al barranco el Almirez” o “del barranco el Almirez” y desde entonces el barranco se conoce con ese nombre.

Después de buscar durante casi un mes sin conseguir ningún resultado, el hijo volvió a su casa convencido de que jamás lo encontraría. Y desde entonces, otros muchos han seguido buscando ese tesoro sin que de momento nadie lo haya encontrado y si alguien lo ha hecho no lo ha dicho.



La Cueva del Candil.

Esta historia es un poco especial y ocurre en una cueva que probablemente no todos conozcan.

En el camino que iba de Lugros al Molino Apolo (y digo iba, porque este molino ya ha desaparecido), pasado ya el recodo en que se deja de ver el pueblo y a lo lejos comienza a divisarse ya el molino. En el laero que hay entre el camino y el río, más cerca del primero que del segundo. Entre las rocas de esa ladera se encuentra la entrada a esta particular cueva que no es demasiado profunda y que a lo largo del tiempo ha tenido diferentes usos: refugio, redil para ganado, lugar para guardar herramientas, …

El caso es que de esta cueva se contaba lo siguiente: Si se entraba en ella durante la noche de un día especial de verano, en un año bisiesto y con luna llena, ocurriría algo extraordinario: "Se revelaba la entrada a una estancia mágica y secreta llena de tesoros". ¿Pero, cómo entrar en esa sala? Para poder hacerlo y sólo en esa noche tan especial, era necesario llevar tres cosas imprescindibles: Un candil, unas alforjas, una alcuza con un litro de aceite y hacer lo siguiente:

  1. Hay que entrar en la cueva cuando está poniéndose el sol y entonces: (Es necesario hacer algo muy importante) "limpiar o barrer el suelo de la cueva".

  2. Sentarse después en la pared sur de la cueva y "esperar la salida de la luna".

  3. Cuando la luz de la luna comienza a entrar en la cueva hay que observar su recorrido hasta que ésta "hace aparecer en el suelo un punto diferente por su forma y brillo" (parecerá que brilla con luz propia).

  4. Encender entonces el candil y colocarlo sobre ese punto haciendo coincidir la base de éste con la orientación y forma del punto de luz.

  5. Retroceder a la parte oscura de la cueva y desde allí observar la pared iluminada por el candil. En ella aparecerá destacada también por su brillo la forma de otro candil. Será el momento de utilizar la alcuza.

  6. En la forma de candil dibujada en la pared buscar un pequeño agujero y verter en él la mitad del aceite.

  7. Empujar con la mano la parte que representa el asa y al hacerlo se abrirá una puerta que da acceso a la estancia llena de tesoro.

Puedes entrar en esta sala y llevarte de ella lo que quieras pero siempre que cumplas las normas siguientes:

Primera: Sólo podrás coger lo que quepa en las alforjas. Nada puede sobresalir y nada puede caerse de ellas. Si algo de eso ocurre al llegar a la puerta ésta se cerrará y quedarás atrapado para siempre.

Segunda: Sólo puedes estar dentro el tiempo que la luna ilumine la cueva. Si cuando quieres salir la luna ya no la ilumina también quedarás encerrado.

Tercera: Al salir de ella verter el aceite que queda en la alcuza en el punto que señala el candil y esperar que la puerta se cierre.

Cuarta: Antes de abandonar la cueva hay que esperar a que la luna deje de iluminar, tanto el interior como el exterior. Si no se hace así, todo lo que hay en las alforjas se convertirá en piedras.

Quien cumpla todas estas condiciones podrá disfrutar de esas riquezas durante toda su vida sin limitación. Claro está que primero, ha de saberse el día y el año bisiesto exacto que se ha de entrar, porque de lo contrario no ocurrirá nada.



El Cerro los Carneros.

Este es uno de los muchos montes que hay en el Camarate y que según me contaron debe su nombre a la siguiente historia protagonizada por Juanón.

Juanón era un personaje muy curioso que se dejaba ver en la sierra hace ya muchos, muchos años. Para la mayoría de los habitantes era un ser fantástico, poco real. Pero para otros muchos sí fue muy real, tanto que en más de una ocasión recibieron su ayuda en la vida cotidiana o con algún problema inesperado.

A Juanón se le consideraba protector de rebaños, pastores y de la montaña en general. Tenía una altura superior a dos metros, con espaldas amplias, piernas musculosas, brazos fuertes, larga barba y una negra melena que le caía sobre sus hombros. Vestía siempre con pieles o con ropa hecha de lana gruesa. Era muy tímido y no buscaba el trato ni la amistad con los pastores, pero si era necesario les ayudaba siempre que podía.

Los pastores de aquella época contaban que este ser aparecía cuando creía oportuno y casi siempre en "El Cerro los Carneros" o sus alrededores. Decían incluso, que el cerro tiene ese nombre precisamente por Juanón, porque cuando aún había muflones (especie de carneros salvajes, fuertes y con enormes cuernos vueltos hacia atrás) en la sierra, en más de una ocasión, al amanecer o al oscurecer habían visto a Juanón rodeado por aquellos animales, que como vigía en su atalaya, comprobaba que todo estaba tranquilo.

También explicaban que en más de una ocasión si creía que los lobos intentaban atacar a algún rebaño, avisaba a los pastores dando gritos, tirando piedras e incluso llamando a las puertas de las chozas para que estos pudiesen defenderse del ataque. Y si los pastores con sus perros no conseguían repelerlos, se interponía entre estos y el rebaño impidiendo así que matasen a cabras y ovejas.

Los pastores en agradecimiento llevaban hogazas de pan y alguno de sus quesos a la zona del cerro en la que él aparecía al atardecer. Juanón cogía los presentes y después con un pito (flauta pequeña de caña) interpretaba una sencilla melodía. Era su forma de darles las gracias.

Cuando los muflones desaparecieron de la sierra, también desapareció Juanón, y hace ya más de cien años que nadie ha vuelto a verlo. Pero aún hoy, hay quien lo recuerda cuando nombran el Cerro los Carneros.


La Fuente de los Tres Caños.

En el Barranco Fraguas encontramos una fuente que por lo general se seca en verano, algo bastante normal en la zona, sobre todo cuando estos son largos y secos. Pero lo que en este caso llama la atención es su nombre: La fuente de los tres caños. Muchos son los que se han preguntado del por qué de este nombre y una de las respuestas que se dan es la siguiente:

Hace ya muchos, muchos años, cuando en el barranco aún se trabajaba en las fraguas a las que debe su nombre, había herreros que tenían el favor de la clientela y vivían muy bien, otros a los que no les faltaba el trabajo y vivían cómodamente y otros a los que no les iba tan bien y tenían que ir trampeando un día sí y el otro también para no pasarlo mal.

El protagonista de esta historia pertenecía a este último grupo, y en más de una ocasión el oficio no le daba lo suficiente para mantener en condiciones a su familia. Al no tener a nadie trabajando con él en la fragua, todo el trabajo debía hacerlo él solo o con la ayuda de su mujer.

Pero todo cambió un día que se encontraba en el barranco haciendo leña para alimentar la fragua. Al cortar un chaparro y caer éste al suelo le pareció oír un quejido como cuando alguien se encuentra muy mal, pero como estaba solo no le dio mayor importancia y siguió con su tarea, hasta que al cabo de un momento volvió a escuchar el mismo lamento. Entonces dejó lo que estaba haciendo y comenzó a mirar por los alrededores por si había alguien más por allí cerca y necesitase su ayuda. Como no veía a nadie, dio voces, preguntando si había alguien que necesitase su ayuda, tampoco recibió respuesta, así que volvió a coger su hacha y se dirigió al chaparro para comenzar a hacer ripios. Fue entonces cuando volvió a oír de una forma más nítida aquella vocecita que pedía ayuda, se quedó quieto y muy atento para entender qué ocurría y fue en aquel momento cuando escuchó el mensaje completo.

-“¡Ayúdame!, aquí, bajo el chaparro, al lado de esa piedra grande”. Sin dar mucho crédito a lo que oía el hombre se acercó al lugar que le indicaban y después de mirar fijamente, vio a un hombrecillo de no más de cuarenta centímetros de alto y vestido de forma extraña que estaba atrapado en un pequeño hueco entre el tronco y la piedra.

El herrero se quedó atónito, sin reaccionar. El extraño ser le dijo entonces: -“No temas, no puedo hacerte daño, soy un duende del bosque, y si me ayudas, yo también te ayudaré a ti cuando lo necesites”. El herrero levantó el tronco del árbol y el duende pudo salir sin dificultad. Después de sacudirse el polvo de la ropa, el duende subió a la parte más alta de la piedra y desde allí le dijo: “Ahora me toca a mí", dime: ¿Qué necesitas con más urgencia?

Sin pensarlo mucho el herrero recordó sus penurias diarias y dijo: “Sobre todo, leche para mis hijos, aceite para mi mujer y un poco de vino para mí”. El duende le contestó: -“Como no has sido avaricioso y no has pedido oro ni riquezas, te concedo tu deseo y haré que se cumpla siempre que lo necesites tú, o alguno de tus hijos cuando ya no estés”. Y acto seguido con una especie de raíz que tenía en la mano tocó la piedra en la que estaba y al instante bajo la misma apareció una fuente con tres caños.

Para acabar, el duende dijo al herrero: “Por cada uno de los caños que tiene esta fuente, para ti saldrá una de las cosas que has pedido “leche, aceite, vino" sólo tendrás que venir aquí tocar la piedra con la mano derecha y decir: “Nublero, cumple tu promesa y dame: aceite, leche, vino" y por el caño correspondiente saldrá aquello que hayas pedido. Al acabar sólo tendrás que decir: -“Gracias Nublero” y la fuente volverá a manar agua. Sólo hay una condición que tendrás que cumplir siempre: -“No podrás revelar jamás, a nadie, este secreto. En el momento que lo hagas, mi promesa finalizará y por la fuente sólo saldrá agua”. Después de darle este aviso el duende desapareció.

El herrero no se acababa de creer del todo lo que le había dicho el duende, pero por si acaso, al día siguiente en el burro se trajo también tres cantarillas para comprobarlo. Llegó a la fuente, puso una cantarilla en cada uno de los caños, la mano derecha en la piedra y dijo: -“Nublero, cumple tu promesa y dame: aceite, leche, vino”. Por los caños dejó de salir agua y comenzó a manar lo que había pedido, cuando las vasijas estuvieron llenas volvió a poner la mano en la piedra y dijo: -“Gracias Nublero” y de nuevo volvió a salir agua por todos los caños. El herrero hizo uso de la fuente durante muchos años y siguiendo la advertencia del duende nunca reveló su secreto a nadie, ni siquiera a su mujer y eso que en muchas, muchas ocasiones había intentado sonsacarle de dónde traía aquellas cántaras siempre llenas y con productos de la mejor calidad.

Pero como suele ocurrir siempre en estos casos, una noche en la que el herrero bebía y jugaba a las cartas con sus vecinos, estos comenzaron a presumir, unos de una cosa, otros de otra y el único que no tenía nada de qué presumir era él y viendo que se reían de su poca fortuna, olvidó la advertencia del duende y les dijo que él tenía algo que ellos jamás podrían tener y les relató su acuerdo con el duende. Para convencerlos de que lo que contaba era verdad les llevó a la fuente e intentó que manase vino por uno de sus caños pero por mucho que lo intentó sólo salió agua. Sus vecinos se fueron tratándolo de presuntuoso y borrachín. Él se quedó sólo y sin la valiosa ayuda que hasta entonces le había prestado el duende.

Pasado un buen rato, en el que el herrero tuvo suficiente tiempo para arrepentirse de haber sido orgulloso, sobre la misma piedra apareció Nublero y le dijo: "Por no haber respetado mi advertencia, quedo libre de la promesa que te hice y a partir de este momento por la fuente sólo saldrá agua y no en todas las épocas del año".

Al pobre herrero solo le quedó lamentarse y trabajar mucho más de lo que lo había hecho hasta ese momento.


Un Tesoro en la Calle.

Era la época de la modernización del pueblo. Abrían zanjas en todas las calles para instalar la canalización del agua potable, ampliar el alcantarillado y los desagües.

Era un momento de bonanza económica y progreso para la población, todos aquellos que estaban en paro tuvieron la oportunidad de trabajar en esa infraestructura que beneficiaba a todos los habitantes del pueblo. Para realizar los trabajos más duros de una forma fácil y mucho más rápida, la empresa encargada de realizar las obras había traído también una retroexcavadora.

Y es en ese momento cuando comienza esta historia: Uno de aquellos días en que la máquina trabajaba en una zona de risca de la calle San Roque el maquinista notó que de repente la pala tenía menos resistencia y que levantaba lo que parecía una losa de piedra a modo de tapadera más o menos redonda. Así que decidió parar el motor y bajar a la zanja para comprobar qué había debajo de aquella tapadera. 

Cuando el maquinista paró la retroexcavadora, uno de los trabajadores de a pie fue a ver qué pasaba por si era preciso ayudar manualmente como había hecho en tantas otras ocasiones. Pero este lo detuvo y le dijo que no necesitaba su ayuda, que se trataba de un simple problema mecánico y que él mismo lo resolvería. Que mientras tanto, con la cuadrilla que lo acompañaba fueran 15 metros más atrás y que ayudasen allí en lo que estaban haciendo. El grupo se alejó para hacer lo que le habían encomendado sin darle más importancia al incidente. Pues era bastante habitual que por una razón o por otra la máquina parase y estuviese un buen rato, incluso horas sin volver a ponerse en marcha.

Cuando los obreros estuvieron lo suficientemente lejos y después de comprobar detenidamente que nadie ponía atención a lo que hacía, el maquinista bajó a la zanja, levantó un poco la losa que había movido con la máquina para comprobar qué había debajo y, "su sorpresa fue mayúscula al comprobar que allí había algo muy valioso".

El hombre pensó con rapidez, mantuvo la calma en todo momento y continuó observando todo lo que envolvía a aquel hallazgo, estudió minuciosamente la situación y lo que debía hacer para extraer aquel objeto sin problemas. Una vez que todo lo tuvo claro continuó un rato más simulando que apretaba algún tornillo de la pala. Después salió de la zanja, puso la máquina en marcha y aparentemente siguió trabajando con total normalidad. Y digo aparentemente porque en realidad lo que hizo aquella tarde fue remover todo lo que aprisionaba al objeto que encontró, dejándolo suelto para poder sacarlo con facilidad cuando nadie pudiese verlo.

Antes de acabar la jornada, con la misma pala cubrió con un poco de tierra lo que había encontrado de forma que si por casualidad alguien se paraba a mirar las obras no pudiese notar nada diferente en aquel tramo. Al acabar la jornada se despidió de los compañeros como cada día y se fue a su pueblo ya que no era de Lugros y tampoco vivía allí.

Una vez en su casa preparó todo lo que necesitaba para sacar aquel objeto y lo guardó en su coche. Bien entrada ya la noche, subió de nuevo al pueblo y después de cerciorarse de que no había nadie por las calles, él y otra persona que le acompañaba se dirigieron al lugar del hallazgo. Quitaron la tierra que lo cubría, después la tapadera y ante sus ojos apareció una gran olla repleta de riquezas. Con ayuda de unas poleas la sacaron, la colocaron en una carretilla de la misma obra y se marcharon tranquilamente hasta su coche donde la descargaron.

Al día siguiente, cuando todos comenzaron a trabajar pudieron comprobar que justo delante de la máquina había un gran agujero de más de un metro diámetro por 1,5 metros de alto todo recubierto de carbón y con la forma perfecta de una gran "olla o pequeña tinaja" que hasta ese momento había permanecido enterrada.

Como era de esperar se armó un gran revuelo. Los vecinos comenzaron a salir de sus casas y los más cercanos al lugar comentaban que la noche anterior habían oído algún ruido e incluso alguien dijo que había visto como luces de linternas pero nadie le dio importancia.

Todos esperaban con ansiedad la llegada del maquinista de la retroexcavadora, pero ni ese, ni ningún otro día volvió por el pueblo. Curiosamente también abandonó su pueblo y solo años después, hubo rumores de que alguien lo había visto por Granada bien trajeado y conduciendo coches de lujo.

En el pueblo sólo quedó el testigo mudo de la máquina y la incerteza de lo que habría dentro de aquel círculo perfecto. La realidad es que se trata de un trozo de nuestra historia con sabor a carbón.


El Herrerillo.

En la historia de nuestro pueblo se cuenta que Lugros era conocido como un lugar de buenos herreros, allí se trabajaba el hierro de forma artesanal y a conciencia.

Una prueba de ello son los muchos lugares que aún hoy conservan nombres de construcciones en las que se trabajaba el hierro. Así por ejemplo encontramos: La herrería, El Barranco Fraguas, La loma el Moquillo, El Almirecero (martinete), ... 

También hay algún relato que lo corrobora: como el que cuenta que uno de aquellos herreros hacía unas forjas tan bonitas y ornadas que era conocido en toda la comarca, e incluso en otras vecinas. Tanto era así que sus hierros y buenos oficios eran solicitados en todas partes. Hasta tal punto creció su fama que un día llegó un emisario del mismísimo rey de Granada reclamando su presencia en palacio.

Al Herrerillo que era como todo el mundo lo conocía no le hacía ninguna gracia tener que marcharse del pueblo ni siquiera para ir al palacio del rey, pero como podéis imaginar en aquellos tiempos nadie podía oponerse a la voluntad del rey y menos un simple herrero, así que muy a su pesar tuvo que ir a Granada.

Allí el rey le encargó forjar las rejas para las ventanas de las habitaciones que guardaban el harén. Las rejas además de ser robustas tenían que ser hermosas y he aquí que el herrero las hizo tan fuertes y hermosas como las montañas de su pueblo y las de Sierra Nevada que cada día veía desde su taller.

Cuando el rey vio las rejas en las ventanas quedó tan satisfecho que recompensó generosamente el trabajo del herrero y aún más, le dijo que si quería algún capricho aquel era el momento de pedirlo y el herrerillo sin dudarlo un segundo deseó que le diese por esposa a Zaida, (una de las esclavas de palacio, de la que se había enamorado durante su estancia en Granada). El rey, al que no le gustaba nada desprenderse de sus esclavas cumplió su palabra y se la dio por esposa, pero con la prohibición a ambos de volver al reino de Granada mientras él viviese. 
El herrero no lo pensó ni por un momento, aceptó lo que le proponía el rey y decidió que recorrería otros reinos con su amada. Viajó por muchos lugares, pueblos, ciudades y de tanto en tanto trabajaba haciendo forjas y hermosos trabajos en hierro. Y como había hecho siempre, firmaba sus obras colocando en una de las esquinas inferiores un adorno que según decía era importante para él.

Cuando supo que el rey había muerto volvió con su familia al pueblo, a su casa y a su fragua, que ya nunca abandonó y aunque decían que tenía muchas riquezas nunca hizo alarde de ellas.

El Pastor y el Lagarto.

Un pastor del pueblo contaba esta historia:

En verano cada día de madrugada salía del cortijo a pastorear con su rebaño de cabras por el monte. A mediodía, cuando el sol estaba ya bien alto buscaba la sombra de un gran peñón y a su cobijo, de la zamarra sacaba un poco de pan, queso, jamón, chorizo,... y comía tranquilamente. Al acabar, apoyaba la espalda en la piedra e intentaba descansar unos minutos, pero siempre con los ojos entreabiertos primero para no perder de vista a las cabras y segundo porque había observado que desde los primeros días un gran lagarto verde, puntual como un reloj iba a rebuscar las migajas que de forma más o menos deliberada el pastor dejaba día tras día para el animal.

Astutamente cada día las dejaba más próximas a él porque tenía la intención de lograr que el animal se acercase lo suficiente para poder tocarlo e incluso que perdiese el miedo a estar a su lado cuando él estuviese despierto. Pero uno de aquellos mediodías, tal vez por el calor o por el cansancio acumulado de tantos y tantos días de dormir poco y trabajar mucho el pastor se quedó traspuesto. Mientras dormía, entre sueños notaba como que alguien le tocaba o mordía suavemente la oreja izquierda y al despertar sorprendido vio a un enorme lagarto sobre su hombro izquierdo. La reacción instintiva le hizo dar un salto y quitárselo de encima.

Al instante animal y pastor quedaron separados varios metros pero ninguno de los dos ni animal, ni hombre, huyó del todo. El pastor recuperado ya del susto y mucho más tranquilo, por si acaso se previno con la garrota en la mano y con gran sorpresa, comprobó que quien lo había despertado de aquella manera era su lagarto, el mismo del que él quería hacerse amigo y que con desconfianza miraba hacia otra parte sin saber si huir o quedarse.

Y en ese instante ocurrió algo que dejó más atónito aún al pastor: De detrás del lugar donde él dormía apareció una gran serpiente que se abalanzó sobre el lagarto, éste se defendió y comenzó una gran lucha entre ambos animales. El pastor, que iba de susto en susto, después de una momentánea indecisión se enzarzó también en la pelea y con su garrota intentaba dar a la serpiente para que se alejase de allí y no hiciese daño a aquel animal al que ya consideraba su amigo y salvador. Al final la serpiente cedió en su empeño y huyó entre los matorrales.

Desde aquel día el pastor nunca más volvió a comer en aquel lugar por miedo a la serpiente y a que volviera a repetirse lo sucedido durante aquella pequeña siesta. Pero también desde aquel día el pastor nunca dejó de pasar por el lugar donde vivía “su amigo el lagarto” ya que para él y su familia aquel animal le había salvado la vida avisándole del peligro que representaba la serpiente le dejaba algo de comer e incluso si tenía algo de tiempo esperaba a que saliese para decirle algunas palabras a modo de saludo porque el pastor estaba convencido de que el animal lo entendía y que además le gustaba que le dijera alguna cosa.

Desde entonces para él, para sus hijos y sus descendientes ese lugar es conocido como el peñón del lagarto.



El Bañuelo

La historia del Bañuelo (Baño de la Mora), narra algo que ocurrió hace ya muchos años:

En tiempos del reino Nazarí de Granada, en uno de los cerrillos próximos al pueblo estaba “El Bañuelo”, un palacete de verano, mandado construir por el rey de Granada para recluir en él (lejos de la corte) a una de sus hijas, que tuvo el atrevimiento de rechazar al hombre que había elegido como marido para ella.

La princesa fue castigada a vivir alejada de la corte, aislada en la montaña y siempre vigilada por guardias para que le fuese imposible enviar o recibir noticias del joven que ella amaba en secreto.

Pasaba el tiempo y la princesa no conseguía tener noticias ni ponerse en contacto con su amado. Todos los intentos que había llevado a cabo habían sido neutralizados por los guardias o las doncellas (también guardianas) de la princesa. Hasta que un día llegó al palacete un correo de Granada con órdenes expresas del Rey para el capitán de la guardia y, con una carta personal para su hija. Pero, qué sorpresa tuvo la princesa al abrir la carta y comprobar que no era de su padre el Rey, sino de su enamorado que con la ayuda de un amigo (que trabajaba en palacio) pudo enviar su carta junto al correo real.

En la carta, el joven le proponía lo siguiente: si ella conseguía salir del Bañuelo, él tenía preparado un plan de fuga que los llevaría muy lejos de los dominios de su padre, el Rey, y eso les permitiría vivir juntos y felices para siempre.

En las semanas venideras, con mucha precaución para no ser descubierta ni levantar sospechas, la princesa se dedicó a preguntar a soldados y sirvientes sobre las puertas, pasillos, corredores, salidas secretas y todo lo concerniente a la seguridad del palacete poniendo como escusa que tenía miedo de que algún bandido lograse entrar de noche en el Bañuelo y secuestrarla o incluso matarla. Por fin, con todas estas pesquisas descubrió, que había una salida secreta (un pasadizo subterráneo) que había sido construida con el propósito de poder abastecerse de agua y alimentos e incluso para escapar, si algún día sitiaban el palacete y se encontraban en peligro de muerte.

Supo también que el pasadizo bajaba desde el palacete hasta el río y que acababa cerca de un lugar al que llaman la Fuente del Negro. Pero aún le faltaba información, no sabía dónde se encontraba exactamente la entrada a ese túnel dentro del palacete, ni cómo se activaba la puerta que daba acceso a su interior. Así que tuvo que seguir siendo muy discreta para conseguir la información que le faltaba. Pasaron los días y después de hablar varias veces con el cocinero descubrió que la entrada se encontraba bajo el suelo de una de las torres de defensa de la muralla, camuflada en la escalera.

Escribió a su enamorado, se pusieron de acuerdo en el día y la hora en que se produciría la huida, sería una noche después de la fiesta que se celebraría en el palacete para conmemorar la coronación del rey y en la que con toda probabilidad los guardias habrían bebido más de lo habitual e incluso si fuese necesario ella misma se encargaría de animarlos para que lo hicieran. El día de la fiesta, pasada ya la media noche y cuando todos dormían la princesa salió de su habitación vestida con la ropa de su criada, se dirigió a la torre donde estaba la entrada al pasadizo, entró en él y después de recorrerlo con la ayuda de una antorcha salió al río y allí, escondido entre unos álamos, muy preocupado su chico la esperaba con dos caballos y provisiones para realizar el viaje que se proponían.

Sin perder un momento, subieron a los caballos y cruzando la sierra por el collado del lobo llegaron hasta Adra (Almería) y desde allí en un barco que les esperaba para hacerse a la mar continuaron hasta el norte de África.

Cuando el Rey tuvo noticias de lo sucedido mandó destruir el Bañuelo y enviar a prisión a todos los sirvientes y soldados del palacete.

El Bandolero y el Arriero.

Hace menos de cien años cuando muchos de los vecinos de nuestro pueblo se ganaban la vida como arrieros o manojeros, era costumbre que fuesen a los pueblos vecinos (sobre todo a Guadix por ser el más grande) a vender vino, patatas y sobre todo los manojos, leña o carbón que traían o hacían en la sierra.

Esta historia cuenta lo que le ocurrió a uno de esos arrieros que con su ya viejo y maltrecho burro iba dirección Guadix por la rambla el agua para vender la carga de manojos que había hecho el día antes. 

Cuando menos se lo esperaba vio que no muy lejos en uno de los lados del camino, a la sombra de una gran mimbre llorona y entre las ramas que caían del árbol se apreciaba la silueta de un hombre joven y fuerte con un caballo tordo a su lado que aparentemente se resguardaban del inclemente sol de verano. Aunque también podía tratarse de un bandolero que estuviese al acecho de los caminantes que iban y venían en una u otra dirección.

Pensando en esta última posibilidad, al arriero comenzaron a temblarle las piernas, pues como muy bien sabía él, de tanto en tanto se oía decir que en el camino (sobre todo a la vuelta) algún salteador (bandolero) les esperase para arrebatarles el total o una gran parte del dinero que habían obtenido en la venta de sus productos.

Imaginándose lo peor, ya que no conseguía identificar quién era el hombre que con tanta tranquilidad parecía esperarlo, se preparó lo mejor que pudo y continuó el camino que cada vez los acercaba más y más. Al llegar a la altura de la mimbre se saludaron y entablaron una pequeña conversación. Algo después, aquel hombre le pidió un poco de comida y de bebida al pobre y asustado arriero, a lo que éste no se negó en absoluto, aún y cuando solo tenía para él un trozo de pan con chorizo, un par de manzanas y la bota con un poco de vino. 

A modo de justificación añadió: “Como puedes ver, el burro ya no puede ni con su alma, siempre somos los últimos en llegar a Guadix o a cualquier otro sitio y consecuentemente tengo más dificultades para vender bien lo que llevo”, en definitiva que las cosas no me van demasiado bien. 

Entonces y para sorpresa del arriero el desconocido le preguntó: ¿No sabes quién soy?, ¿No me reconoces? y el arriero con voz temblorosa respondió!  “No, no sé quién eres”, “Un viajero supongo”. El bandolero dejo de fruncir el ceño y con los labios entreabiertos en una mueca que casi dejaba que se le escapase la risa dijo: “Como me has caído bien, haré algo por ti: Ve a la Venta que hay en tal sitio, la que está junto al cortijo de fulanito porque me han dicho que vende un burro joven y fuerte por 3.000 reales”.

A lo que el arriero le contestó: “pobre de mí, si yo tuviera esa cantidad de dinero, antes que nada compraría ropa, calzado y comida para mi familia y para mí, pues hace ya mucho tiempo que escaseamos de eso”.

Ante tal revelación y sin pensárselo dos veces, el desconocido se dirigió al lugar donde estaba atado su caballo y de sus alforjas sacó una pequeña bolsa de cuero que entregó al arriero diciéndole: “Toma, aquí hay 3500 reales, ve donde te he dicho y compra el burro al dueño de la venta y el resto lo guardas para cuando llegue el frío del invierno que seguro te hará mucha falta.

Hablaron un poco más y en el momento de despedirse, ya con un semblante mucho más serio y con voz amenazante añadió: “Si no haces lo que te he dicho y vuelvo verte por ahí con este burro viejo, te doy una paliza a ti y te mato al burro”.

Después, los dos hombres se despidieron y se separaron para no volver a verse, (Al menos eso esperaba y deseaba el arriero). Cada cual siguió su camino y al llegar a Guadix (antes de lo que en el arriero era habitual), descargó la leña del burro en una posada, dejó la mercancía y el animal a cargo de su amigo posadero, para cumplir con lo que le había prometido al desconocido.

Se dirigió lo más deprisa que pudo a la venta que le había indicado y allí, tal y como le había dicho, pudo comprar un burro joven y fuerte por 3000 reales. Al cabo de unos días por las ventas, posadas y caminos se comentaba la noticia de que un conocido bandolero de la zona había asaltado la venta de tal sitio y se había llevado un botín de más de 4000 reales.

El arriero nunca comentó con nadie su encuentro con aquel bandolero, porque sabía a ciencia cierta que no era tan mala persona como muchos decían. Incluso tenía la impresión de que en más de una ocasión le había observado desde una distancia prudencial cómo le iba con su nuevo burro y cómo había mejorado su día a día.
 

La Piedra de los Soldados.

En las décadas 40-70 la sierra estaba muy concurrida: Cortijeros, vaqueros, pastores, arrieros, manojeros, carboneros, el guarda,... algunos vivían allí todo el año, otros, solo durante el verano, pero la gran mayoría, iban y venían cada día desde el pueblo y algunos una o dos veces por semana.

Uno de aquellos veranos a un pastor que tenía sus animales en el Camarate y la majada cerca de la “Piedra de los Soldados” le ocurrió algo que le dio para pensar durante mucho tiempo.

Una tarde, cuando estaba a punto de encerrar el ganado en la majada, se sorprendió al ver que un desconocido cargado con diferentes herramientas venía hacia donde él estaba. Los perros acudieron rápidamente ladrando, pero él los llamó a su lado en espera de acontecimientos. Cuando aquel hombre estuvo a su altura, saludó cortésmente y después de una breve conversación, preguntó al pastor si podría venderle algún queso de los que hacía a diario y que probablemente guardaba en su choza.

Al comprobar que aquel hombre no tenía malas intenciones, el pastor se tranquilizó y le invitó a sentarse en una sombra cercana donde comieron y compartieron una bota de vino. Allí sentados hablaron un buen rato, el pastor preguntaba sobre las últimas noticias y el forastero sobre la montaña. El pastor llevado por la curiosidad preguntó el motivo que le traía hasta aquel lugar tan alejado de la ciudad en la que probablemente vivía, puesto que su aspecto no era de de arriero, campesino o de cualquiera que subía a la sierra aquellos días.

Al principio le respondió que no podía decirle nada porque se trataba de un secreto, pero después de beber un poco más de vino lo pensó detenidamente y le dijo que sí, que se lo contaría, puesto que hasta ese momento, llevaba una semana más o menos escondido dando vueltas por la sierra sin tener éxito en su búsqueda, entre otras cosas porque desconocía el terreno y tampoco se orientaba demasiado bien. Y, en ese momento lo tuvo claro: "Si quería tener éxito en su misión" necesitaba la ayuda de alguien, un socio, que conociese el terreno como la palma de su mano y que le ayudase a encontrar aquello que buscaba, e incluso, si en esta ocasión no lo conseguían, que pudiese investigar y buscar por su cuenta en años venideros.

Al pastor le pareció bien el ofrecimiento de aquel hombre y le dijo que contase con su ayuda, que lo haría de muy buen grado. Entonces comenzó a relatarle lo que le había traído hasta la sierra. Comenzó diciéndole que: después de investigar mucho en bibliotecas, libros de historia, museos,... tengo información muy fiable de que en época del imperio romano y posteriormente los musulmanes se explotaba una rica mina de plata en un lugar no muy lejano a la Piedra de los soldados (entonces tenía un nombre diferente). En ambos casos cuando por diferentes motivos tuvieron que abandonar estas tierras, taparon la entrada y disimularon su ubicación para que nadie pudiese sacar una plata que consideraban suya.

El pastor pensó que todo era una broma y que aquel hombre le tomaba el pelo o  que hablaba bajo los efectos del vino, pero para su sorpresa en el momento de pagar el queso que había comprado le dijo: “Tome también esta moneda de plata que fue acuñada hace mucho tiempo en estas montañas y recuerde que cuando yo me haya ido, si algún vez encuentra más como ésta, o la entrada a la mina, espero que como socios que somos me avise para compartir la buena fortuna”.

Después de otra semana de búsqueda infructuosa aquel señor se marchó bastante desilusionado. Pero el pastor dedicó muchas horas a examinar detenidamente la moneda y la zona de la sierra por la que pasaba cada día.

Aquel y algún otro verano, cuando el pastor dispuso de tiempo sobrante lo dedicó a observar detenidamente los alrededores de aquel peñón, buscando el menor indicio de la entrada a aquella fabulosa mina de plata que tan perfectamente habían ocultado sus antiguos dueños.

Desafortunadamente nunca encontró nada que le hiciese pensar que era la entrada o un acceso a aquella mina, solo le quedaba la moneda que el buscador de tesoros le diera como prueba de que lo que le explicaba era verdad, y sí, en la cruz de la moneda y en relieve aparecía la sierra con el Picón y TajosNegros de fondo.

Trigo por Oro.

Otra de las historias que recuerdo hace referencia a un molino ya desaparecido hace muchos años. Se trata del molino “El Tío Bueno” ( entend...